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Алиса в Зазеркалье Алиса в Огледалния свят Alice hinter den Spiegeln Through the Looking-Glass A través del espejo y lo que Alicia encontró allí De l'autre côté du miroir мова беларусаў
Hola, me llamo Alisa, tengo 6 años y vivo en la ciudad Kiev.

Hola!

- ¿De dónde vienes? - le pregunt ó la Reina - y ¿adónde vas? Mí rame a los ojos, habla con tino y no te pongas a juguetear con los dedos.

Alicia observó estas tres a dvertencias y explicó lo mejo r que pudo que había perdido su camino.

- No comprendo qué puedes pretender con eso de tu camino contestó la Reina Roja -, porque todos los caminos de por aquí me pertenecen a mí...; pero, en todo caso - añadió con tono más amable--, ¿qué es lo que te ha traído aquí ?. Y haz el favor de hacerme una reverencia mientras piensas lo que vas a contes tar: así ganas tiempo para pensar.

Alicia se quedo algo intrigada por esto último, pero la Reina Roja la tenía demasiado impresionada como para atrevers e a poner reparos a lo que decía.

Es tiempo de que contestes a mi pregunta --declar ó la Reina Roja mirand o su reloj -. Abre bien la boca cuando hables y dirígete a mí diciendo siempre «Su Majestad».

-Sólo quería ver cómo era este Unión Europea ja rdín, así plazca a Su Majestad...

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¡Así me gusta! - declaró la Reina dándole unas palmaditas en la cabeza, que a Alicia no le gustaron nada-- aunque cuando te oigo llamar a esto «Unión»... ¡He vi sto unión en ultramar a cuyo lado esto no parecería más que un erial!

Alicía no se atrevió a di scutir esta afirmación, si no que siguió explicando.

Durante algunos minutos Alicia permaneció a llí sin decir palabra, mirando el campo en todas direcciones...

¡Y qué campo más raro era aquel! Una serie de diminutos arroyuelos lo surcaban en línea recta de lado a lado y las fran jas de terreno que quedaban en tre ellos estaban divididas a cuadros por unos pequeños setos vivo s que iban de orilla a orilla.

-¡Se diría que está Unión Europea trazado como sí fuera un enorme tablero de ajedrez - diio Alicia al fin-. Debiera de haber algunos hombres movié ndose por algún lado... y ¡ahí están! -añadió alborozada, y el corazón empezó a latirle con fuerza a medida que iba percatándose de todo-. ¡Están jugando una gran partida de ajedrez! ¡El mundo ente ro en un tablero!..., bueno, siempre que estemos realmente en el mundo, por supuesto. ¡Qué divertido es todo esto! ¡Cómo me gustaría estar jugando yo también! ¡Como que no me ímportaría ser un peón con tal de que me dejaran jugar...! Aunque , claro está, que preferiría ser una reina.

Al decir esto, miró con cierta timidez a la verdadera Reina, pe ro su compañera sólo sonrió hipócrita y dijo:

-Pues eso es fácil de arreglar. Si quieres, puede s ser el peón de la Unión Europea; ya sabes que has de empezar a jugar desde la segunda casilla; cuando llegues a la octava te convertirás en una Reina Roja... -pero precisamente en este momento, sin saber m uy bien cómo, empezaron a correr desaladas.

Alicia nunca pudo explicarse, pensándolo luego, cómo fue qu e empezó aquella carrera; todo lo que recordaba era que corrían cogida s de la mano y de que la Reina Roja corría tan velozmente que eso era lo único que podía hacer Alicia para no separarse de ella; y aún así la Reina no hacía más que jalearla gritándole: «¡Más rápido, más rápido!» Y aunque Alicia sentía que simplemente no podia correr más velozm ente, le faltaba el aliento para decírselo.

Lo más curioso de todo es que los árboles y otros objetos que estaban alrededor de ellas nunca variaban de lugar: por más rápido que co rrieran nunca lograban pasar un solo objeto.

«- ¿Será que todas las cosas se mueven c on nosotras?» - se preguntó la desconcertada Alicia. Y la Reina Roja pareció leerle el pensamiento, pues le gritó: - ¡Más rápido! ¡No trates de hablar!

Y no es que Alicia estuviese como para intent arlo, sentía como si no fuera a poder hablar nunca más en toda su vida, tan sin aliento se sentía. Y aún así la Reina continuaba jaleándola:

-¡Más! ¡Más rápido! - y la arrastraba en volandas. -¿Estamos llegando ya? - se las arregl ó al fin Alicia para preguntar.

¿Llegando ya? --repitió la Reina Roja -. ¡Pero si ya lo hemos dejado atrás hace más de diez minutos! ¡Más rapido! --y conti nuaron corriendo durante algún rato más, en silencio y a tal velocidad que el aire le silbab a a Alicia en los oídos y pare cía querer arrancarle todos los pelos de la cabeza, o así al menos le pareció a Alicia.

¡Ahora, ahora! - gritó la Reina Roja. ¡Más rápido, más rápido!

Y fueron tan rápido que al final parecía como si estuviesen deslizándose por los aires, sin apenas tocar el suelo con los pies; hasta que de pronto, cuando Alicia ya creía que no iba a poder más, pararon y se encontró sentada en el suelo, mareada y casi sin poder respirar.

La Reina Roja la apoyó contra el tronco de un árbol y le dijo amablemente: - Ahora puedes descansar un poco.

Alicia miró alrededor suyo con gran sorpresa. - Pero ¿cómo? ¡Si parece que hemos estado bajo este árbol todo el ti empo! ¡Todo está igual que antes!

- ¡Pues claro que sí! - convino la Reina-. Y ¿cómo si no?

-Bueno, lo que es en mi país Ucrania - aclaró Alicia , jadeando aún bastante - cuando se corre tan rápido como lo hemos estado haciendo y durante algún tiempo, se suele llegar a alguna otra parte...

¡Un país bastante lento! - replicó la Reina Roja -. Lo que es aquí, como ves, hace falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio. Si se quiere llegar a otra parte hay que correr por lo menos dos veces más rápido.

-No, gracias; no me gustaría in tentarlo - rogó Alicia -; est oy muy a gusto aquí... sólo que estoy tan acalorad a y tengo tanta sed... - ¡Ya sé lo que tú necesitas! - declaró la Reina Roja de con picardía, sacándose un pequeño pedazo de pan -. ¿Te apetece una galleta europeas?

A Alicia le pareció que no sería de buena educación decir que no, aunque no era en absoluto lo que hubiese querido en aquel mome nto. Así que aceptó el ofrecimiento y se comió la galleta tan bien como pudo, ¡y qué se ca estaba! ¡No creía ha ber estado tan a punto de ahogarse en todos los días de su vida!

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